little-bootsPor Luis Reséndiz

Desde finales del año pasado y principios de este, el nombre de la cantautora británica Victoria Christina Hesketh (mejor conocida como Little Boots) ha resonado en los charts de tendencias indie, al tiempo que ha rolado intensamente en la blogosfera. Lo cierto es que se le han colgado todo tipo de virtudes y uno, ante tal caudal de opiniones positivas vertidas sobre un mismo ente, no puede menos que sentirse apabullado: que si estamos ante un renacimiento y/o florecimiento del pop británico femenino (conjugándola, obviamente, con La Roux), que si sus canciones son el perfecto gancho para el dancefloor, que si la producción de Joe Goddard (ajá, el de Hot Chip) y Greg Kurstin… En suma: una retahíla de adjetivos favorables. Difícil enfrentarse a algo así, de tal manera que, al escuchar el disco, está uno más que preprogramado para aceptarlo abiertamente.
  Esto no significa que Hands, el álbum debut de la inglesita, sea un mal trabajo. Para nada. Pero hay en él un cierto yo-no-sé-qué que no acaba de cuadrar, por una u otra razón. Hay buenos temas, sí, bailables, canciones que siguen a la perfección los lineamientos de lo aceptable comercialmente y de aquellos que señalan a los álbumes que podrán ser bien recibidos por la comunidad alternativa (caso concreto de esto: Annie, la noruega, quien hace un pop poco arriesgado pero logra colarse en las listas de Pitchforkmedia y demás comunidad bloggerosa hipster).   El hecho de que el nombre de Little Boots se encuentre ligado a los de Goddard y Kurstin ayuda, innegablemente, y a pesar de esto, su pop perfectamente producido y orquestado se queda simplemente en eso: en un pop de bella manufactura pero perdido en cierta linda medianía que le impide -o al menos eso parece denotar- profundizar en lo que podría ser una gama de emociones más amplia que mover la cabeza y los pies al ritmo de “Earthquake” (segundo y a mi juicio más rescatable corte del disco) y tararearla en el baño. Se podría decir, como usualmente se hace en defensa de este tipo de productos, que su intención no es ir más allá y en teoría podría ser cierto. Sin embargo, lo que pasa aquí es casi sintomático: la música actual pareciera ser presa de lo que los teóricos gustan llamar el posmodernismo. Aunque no soy especial partidario de la teoría mencionada, sí que describe, al menos en alguna medida, lo que pasa hoy día: de equis número de propuestas musicales que llegan a nuestros oídos, un gran porcentaje de ellas está desprovisto de ese je ne sais quoi al que comúnmente nos gusta llamar alma.
  El hecho es preocupante, porque si bien se puede rescatar a un buen número de exponentes del pop (y el rock, y el soul, y el blues, y el metal…) que probable (y evidentemente en algunos casos) sí hacen su música con, perdónenme el cliché, el corazón en la mano, lo cierto es que esto es más la excepción que confirma la regla. Se suele escuchar a raudales propuestas cuyo mayor mérito es seguir lineamientos de géneros del pop ya muy manidos y pienso que las mismas no se pueden quedar en eso para siempre.