Modesto Moussorgsky

Por Eusebio Ruvalcaba

La orquestación es una montaña, aunque hay orquestaciones que no rebasan la loma vecina. Pero estas líneas son para hablar de las orquestaciones cumbre. Por ejemplo, la que Maurice Ravel emprendió de Los cuadros de una exposición de Modesto Moussorgsky y la que Arnold Schoenberg hizo del primer cuarteto para piano y cuerdas de Johannes Brahms.
  Ahora me pregunto qué significa orquestar. Pensemos en Los cuadros de una exposición. Acaso la obra más (re)conocida de Moussorgsky, originalmente escrita para piano, representó un momento decisivo en la vida de su autor. Se trata de un homenaje a la amistad. En este caso al amigo Hartmann, pintor de quien se montó una exposición y en la cual se basó el compositor ruso para trazar su obra. Es música enérgica, de sensualidad arrebatadora, que envuelve y conmueve. Ahora bien, ¿qué vio en ella el oído de Ravel? Siguiendo el temible juego de la conjetura, no es difícil imaginarse a Ravel tocando Los cuadros… una y otra vez al piano. Algo descubrió su oído, algo intuyó que se propuso orquestarla. Articular cada sonido con su elemento par. Darle relevancia tímbrica a la propuesta del ruso. Sin desviarse un ápice del camino melódico indicado por Moussorgsky, la orquestación de Ravel enriquece en forma insospechada a Los cuadros… hasta convertirse en otro universo, hasta engendrar un nuevo lenguaje que encanta por su modernidad.
  Remitámonos al Primer cuarteto para piano y cuerdas (violín, viola y violonchelo) en sol menor Op. 25 de Brahms. Sin duda una de las obras luminosas del romanticismo en particular y de la música en general. Su sola audición (y en especial de su cuarto movimiento: “Rondo alla zingarese”) provoca un estremecimiento del alma —lo mismo habrá sentido Patrice Laconte, el director de Monsieur Hire, quien con esta música reviste los momentos más dramáticos de la cinta—, un estremecimiento, una anuencia para respirar. Es una obra maestra de la cual es posible afirmar que no le falta ni le sobra nada, entonces, ¿por qué empeñarse en hacer una orquestación a sus costillas? Sin bajarme del potro de la conjetura, ¿sería inusitado pensar que Schoenberg decidió probarse a sí mismo como orquestador y dotar al roble brahmsiano de un nuevo e inusitado follaje? Porque vaya que sí le inoculó vigor tímbrico. Si partimos de que la orquestación es, antes que otra cosa, una idea, un nuevo modo de caminar el camino recorrido, Schoenberg lo logró estupendamente. Su versión no es, desde luego, superior a la de Brahms. Pero dota a la obra original de mayor vastedad, como si contempláramos la cascada que nos llena de prodigio.
  Flaubert aseguró que no hay que proseguir la obra de otro autor. Quién sabe qué habría opinado de conocer estas orquestaciones.

 

 

2 comentarios en “En la cima orquestal

  1. Yo no soy exactamente un conocedor de la obra de este ruso, pero le conosco por Una noche en el monte calvo, que escuché por primera vez a los ocho años en Fantasia de Disney. Nunca antes había leído un artículo acerca de él. Ahora tengo que escuchar Los cuadros de una exposición.