Turangalila

messiaen2Por Salvador Mendiola

La sinfonía Turangalila de Olivier Messiaen es una obra maestra de la música del siglo XX. Quizá sea la pieza que marca la frontera entre la música como divertimento y entretenimiento burgués y la música como senda liberadora de la fuerza de trabajo real en la persona humana. Un salto efectivamente evolutivo en el ser y el hacer de la música; la más conceptual de las creaciones estéticas.
Compuesta al terminar la Segunda Guerra Mundial (1946-1948), como encargo para la Orquesta Sinfónica de Boston, pero en condiciones de libertad creativa absoluta, Turangalila es la obra más importante de Messiaen que no tiene relación directa con la religión o la teología. Es una creación inspirada por el amor humano y según el modelo de la ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner. Después de hallarse “relativamente” prisionero en un campo de concentración nazi, donde compuso el Cuarteto para el fin de los tiempos, Messiaen se enamoró de una mujer e intentó llevar esa experiencia hacia el porvenir, para liberarla de todo egoísmo y llevarla hacia donde ya no hubiera más guerra y odio entre los seres humanos.
Turangalila. Música de Occidente que reconoce ya no estar sola y permite el ingreso de la luz sonora del gamelán asiático. Triunfo definitivo del carnaval sobre la cuaresma, fiesta de Eros. En un instante sublime, la sonrisa de Buda borra la tragicomedia de Jesús de Nazaret: existe todavía un amor universal más grande y justo que el de todas las iglesias cristianas, el amor supremo de quienes se pueden besar sin límite, sin nombre o apellido. Turangalila.

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En esta enorme obra musical, Olivier Messiaen dejó fluir juntos y sin conflicto sus estudios místicos sobre los cantares de las aves y su experimentación creativa con la atonalidad, según modelos de armonía y melodía asiáticos. Sin llegar a conceptos tan oscuros y abstractos como los de la escuela de Arnold Schönberg e ingresando con las ondas Maginot en la zona nueva de la música electrónica, Turangalila es vanguardia libertaria, vanguardia subalterna, inquieta, imposible de etiquetar, pues de igual manera retoma y transforma todo el pasado de la música sinfónica y de conservatorio, como abre una puerta solar para las músicas de los otros de Occidente-Europa y para la otredad misma de la música. Amor y no diversión o entretenimiento, nuevo mundo amoroso y no más espectáculo financiero patriarcal autoritario.
La palabra Turangalila es un neologismo creado por Messiaen con dos términos del sánscrito: “turanga” = canto de amor y “lila” = alegría, felicidad, gozo, cumplimiento, soberanía, autenticidad, tiempo, movimiento, danza jovial… y con ella desea unificar y complementar a la vida, la muerte y el ritmo del amor universal, las leyes de la hospitalidad amorosa. Todo expresado en diez movimientos musicales que deben ser interpretados de corrido, en cosa de ochenta minutos, por una gran orquesta con una instrumentación sin igual.

This Immortal Coil: Infinidades

this-immortal-coilPor Sergio Monsalvo C.

Las únicas certezas que se tienen al terminar de escuchar este disco es que la belleza también busca lugar en los cementerios vacíos y que éstos deben ser llenados con las más diversas utopías. En la música, un supergrupo es una utopía, de ahí su fugacidad y finitud. En ello se esconde algún pequeño drama. En el caso que nos ocupa, hay leyendas, una larga ruta de ancestros, la devoción de unos cuantos y un culto restringido.
Esta historia comienza con Throbbing Gristle y Psychic TV, grupos de los cuales emergieron Jhonn Balance y Peter Christopherson (este último también parte de la afamada compañía de diseño Hipgnosis). Ellos crearon Coil, un aglomerado experimental de membresía expansiva, un supergrupo (cabeza de serie) que cultivó varios géneros (industrial, noise, dark ambient, neo-folk, spoken word y minimalismo) y amistades: William Burroughs, Aleister Crowley y Karlheinz Stockhausen, entre otros.
Su influencia y legado en todas esas músicas ha sido patente, al igual que en la electrónica. Su trayectoria fue de casi dos décadas y una docena de discos de estudio y soundtracks (en los que dieron rienda suelta al esoterismo pagano que caracterizaba a sus integrantes y a las técnicas de experimentación sonora), hasta la muerte de Balance (quien cayó del balcón de un cuarto piso) en el 2004, fecha en que Christopherson declaró que la banda había dejado de existir también.

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Coil fue tributado en los ochenta por el sello 4AD, que creó el concepto This Mortal Coil, bajo el cual reunió a integrantes de Cocteau Twins, Dead Can Dance y Colourbox, por mencionar a algunos. Fue un supergrupo (el segundo) para representar de manera etérea y atmosférica temas de Gene Clark, Roy Harper o Tim Buckley. El nombre fue una referencia shakespereana (Hamlet) como metáfora para la condición humana. Tres discos duró el empeño.
Ambos ancestros dieron origen y pusieron el ejemplo para la formación de otro proyecto semejante: This Immortal Coil, el cual ha lanzado el disco The Dark Age of Love. El activo genio musical del primero y la capacidad para producir atmósferas del segundo se amalgamaron bajo la conducción del músico belga Stéphane Grégoire, quien reunió a destacados músicos y compositores con el objeto de interpretar a su manera las canciones de Coil.
Grégoire creó a un supergrupo (el tercero en línea) para la ocasión, formado por Yaël Naim, Bonnie Prince Billy, Yann Tiersen, Matt Elliott, DAAU, Chapelier Fou, Sylvain Chauveau, Christine Ott, Oktopus (Dälek), Nightwood, David Donatien y Nicolas Jorio, quienes trabajaron cuatro años en el asunto, el cual ha dado como resultado un fascinante álbum. Música que hipnotiza por su abundancia de matices.

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El propio Peter Christopherson escribió sus impresiones sobre el trabajo de Grégoire y todo ese cúmulo de talento llamado This Immortal Coil: “Es la primera vez que alguien (varios) con sensibilidad musical y talento ha hecho versiones de forma magistral con nuestras canciones. No hubo un solo momento durante la escucha de toda la obra en que haya dejado de tener los cabellos de punta por la emoción sentida”.
La delicada capa lírica que compone al disco es perturbadora, de un romanticismo frugal, como postal de Pasolini que fluye en planos diversos: unas veces expresada, otras adivinada, las más sólo imaginada. Irrealidad pura, acompañada de sonoridades ad hoc con dimensiones paralelas. The Dark Age of Love es una rica experiencia finita (como la de todo supergrupo) que habla de compenetración, sinceridad y afecto y de reverencia por esa música mágica, astral y, esa sí, infinita.

Schoenberg vía Brahms

SchoenbergPor Eusebio Ruvalcaba

No es fácil decidirse entre el Cuarteto en sol mayor para piano y cuerdas de Brahms, en su versión original, o bien la orquestación que Schoenberg llevó a cabo.
Nadie hubiera supuesto que el austriaco Arnold Schoenberg (1874-1951), el creador de la música dodecafónica, el compositor revolucionario por antonomasia, habría de interesarse por orquestar una de las obras más célebres de Johannes Brahms (1833-1897), a quien se considera el príncipe del conservadurismo musical.
Pocas veces un juicio equivocado ha logrado sobrevivir como verdadero lo largo del tiempo histórico. Equivocado, porque a Brahms le tocó jugar un papel delicado en la música de su época. De un lado, su romanticismo de enorme finura y delicadeza, más su defensa recalcitrante de las formas emanadas de Robert Schumann, le ganaron el epíteto de defensor a ultranza de la música más conservadora. Del otro, crítica y público lo nombraron la encarnación de la línea más dura de la música (no en balde se le decía una de las tres B, al lado de Bach y Beethoven); así que ante la acometida furiosa de Wagner y sus allegados (Liszt y Bruckner), el público se apoyó en Brahms como el depositario de la tradición.
Todo esto para destacar la visión nobilísima de Schoenberg, quien fue más allá de estos prejuicios y se ocupó de estudiar a Brahms a fondo, hasta hacer de él un símbolo del progreso musical ―incluso escribió una obra breve pero fundamental en la historia de la música: Brahms progresista.

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Ya con este conocimiento, Schoenberg se dio a la tarea de orquestar el Cuarteto número 1 en sol menor Op. 25. Hay que empezar por insistir en que se trata de una de las obras de cámara de Brahms más encumbradas ―y esto no es decir mucho, dada la proverbial belleza de la música de cámara del autor del Réquiem alemán. Schoenberg hizo toda una recreación del opus 25. Originalmente compuesto para piano, violín, viola y chelo, la orquesta es desbordante en su paleta sonora. Rebasa cualquier pronóstico, al punto de que cuando se le escucha, se está ante una obra nueva y vigorosa. Schoenberg apuntaba varias razones para haber realizado esta orquestación: “1) Me gusta la pieza. 2) Se interpreta pocas veces. 3) Siempre está muy mal interpretada, porque cuanto mejor es el pianista, más fuerte toca y las cuerdas no se escuchan”.
Sea como fuere, hay abundantes versiones de ambas dotaciones; no para finalmente quedarse con una y excluir a la otra, sino para escuchar ambas y apreciar lo que cada una tiene de bello en su intimidad (la de cámara) o en su exaltación y bondad orquestal.