mayo 10, 2012

Noctourniquet: el nuevo Mars Volta

Por Raúl Feliz Jr.

¿Que tienen en común el mito griego de Jacinto y Apolo y una canción infantil inglesa del siglo XIX llamada “Solomon Grundy”? Uno podría decir que las dos historias tratan sobre temas humanos. El amor, los celos, la vitalidad, la mortalidad y el renacimiento son aspectos importantes de la temática de ambas historias; sin embargo, existe ahora otro vínculo que une a los dos relatos y ese vínculo es Noctourniquet, el nuevo álbum de The Mars Volta.

Lo cierto es que The Mars Volta nunca ha tomado el camino fácil y este disco es prueba de ello. Con una personalidad nunca antes vista en el catalogo de la banda y abrazando nuevamente las influencias del math rock, a diferencia de Octahedron, su plato de 2009, Noctourniquet no genera una comodidad instantánea, es extraño e intimidante. Su primera canción, “The Whip Hand”, es amenazante, no inspira confianza; sin embargo, mientras la muy impredecible pieza progresa, sus intricadas partes armónicas y ritmos irregulares atrapan al escucha y recompensan su atención con un trabajo excelente e inesperado, lo cual refleja de cierta forma la naturaleza del todo el álbum.

El disco fue escrito de la forma usual en la que la agrupación produce, es decir, las letras estuvieron a cargo de Cedric Bixler-Zavala, mientras que la dirección musical fue realizada por Omar Rodríguez-López. La composición lírica es impecable, sus versos en primera persona son poéticos, no fallan en su intención de llevar al escucha de la mano a través del concepto global de la obra. Bixler-Zavala explora una gama de inflexiones y emociones completamente nuevas, en ocasiones contrastando fuertemente con el acompañamiento musical como dos opuestos que armonizan de una forma perfecta.

Hay una palabra para definir la instrumentación de este álbum: madurez. Rodríguez-López hace un trabajo sublime, con una precisión quirúrgica. Hay muy poca improvisación en Noctourniquet, a diferencia de anteriores trabajos como Frances the Mute (2005) y Amputechture (2006). Omar no busca el protagonismo en su rol de guitarrista principal, el cual ejerce de manera discreta en la mayor parte del álbum; en vez de eso, se da la oportunidad de pasar principalmente al papel de director musical y recurre al uso abundante de secuenciadores y sintetizadores, para generar atmosferas que nos recuerdan a la esencia sonora del krautrock alemán de los sesenta y los setenta en piezas como “Lapochka”, “In Absentia” y “Vedamalady” (cabe subrayar la mas que excelente interpretación vocal de Cedric en esta ultima). Esta es la primera ocasión en la que la banda toca con el baterista Deantoni Parks, quien aporta un sonido fresco y complejo que brilla a lo largo de toda la obra.

Noctourniquet deja algo para cualquier curioso que se acerque a su extraño mundo de atmosferas obscuras. Quien no esté familiarizado con los sonidos de la banda o el progresivo en general puede pensar que es un trabajo difícil de escuchar y un poco amenazante en ocasiones, pero con un poco de paciencia será capaz de disfrutar de toda la emoción que el disco tiene que ofrecer, tanto musical como conceptualmente.

El seguidor de Mars Volta encontrara una propuesta por completo diferente y es probable que extrañe un poco los largos segmentos de improvisación atmosférica que han caracterizado a esta banda de El Paso, Texas y de los que en Octahedron lo había dejado con sed. Sin embargo, todo esto pasa a un segundo plano, ya que  Noctourniquet es un disco con nuevas pretensiones y, sobre todo, muy emocionante, épico y ambicioso.

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“El álbum trata sobre el aprecio de la vida por lo que ésta es. Existe una visión elitista de la vida que para un artista es inasequible y estoy intentando escribir una historia que nos recuerde que todos somos artistas”, dijo Cedric Bixler-Zavala a la Revista Classic Rock, y sí, se trata de un disco humanista, capaz de unir la complejidad de la mitología griega con el ingenio de una canción infantil. Es en definitiva un álbum que vale la pena escuchar y que a nadie dejará con un sentimiento de indiferencia

abril 29, 2012

Glenn Gould mala onda

Por Eusebio Ruvalcaba

Realmente Mozart fue un fecundo autor de conciertos para piano. Cuando menos dejó al mundo once obras maestras de este género: los conciertos números 9, 12, 17, 19, 20, 21, 22, 23, 24, 25 y 27 (estoy pensando estrictamente en los conciertos, no en otras vertientes para el piano: sonatas, fantasías, etcétera que en la misma medida legó). Clara Haskil, una de las pianistas más admiradoras del genio salzburgués, decía que cuando tenía que tocar un concierto de Mozart dejaba que el azar seleccionara, a tal grado le costaba trabajo a ella escoger. Y es cierto, aunque aun sobre estas preferencias pueda haber divergencias. Escucho la versión de Daniel Barenboim, ese viejo maestro argentino, pianista y director de orquesta hasta la médula, intérprete destacadísimo de Mozart —también proclive a la escritura y a apoyar movimientos mundiales en pro de la paz, a la usanza de Yo-Yo Ma, y como alguna vez hiciera Menuhin. Dice Barenboim en su libro Una vida para la música —en el cual, desde luego, dedica páginas encomiables a la que fuera su esposa, chelista extraordinaria y quien muriese de una enfermedad trágica: Jacqueline Du Pré. Dice cosas notables. Un poco de todo. Por ejemplo, con respecto a otro genio del piano: el canadiense Glenn Gould, muerto por un cáncer devastador: “Glenn Gould afirma que las grabaciones son la única manera de hacer música en la actualidad. Yo no comparto esa opinión. Para mí, la música es comparable al ser y está en relación con lo que ha sido y con lo que será. El deseo vehemente de detener el paso del tiempo no es posible en la vida que, inevitablemente, transcurre. Esta idea naturalista de la música es la verdadera antítesis de las grabaciones. Éstas, en el mejor de los casos, sólo pueden ser el registro histórico de un determinado momento”. Una reflexión que seguramente hizo rabiar a Gould; y a propósito de Mozart, el provocador Glenn Gould sentenció: “No es que no me guste Mozart. Peor aún, lo desapruebo y con él sus maneras mundanas. Hay, sin embargo, algunas excepciones [entre sus obras]” —tan pensó en esas excepciones que en Sony tiene grabadas todas las sonatas de piano, más algunas fantasías y rondós. Puro jarabe de pico, diría mi abuelita.

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Escucho el concierto de Brahms grabado por Anne-Sophie Mütter, y aquí sí me atrevo a decir que Dios se equivocó. ¿Cómo es posible que le haya dado tantas cosas a un ser humano, cuando a otros no les da nada? Estoy pensando en la Mütter, violinista excelsa. No sólo es capaz de tocar un Brahms sublime (sublime Brahms y sublime ella), sino de ser una de las mujeres más hermosas dedicadas al violinismo (y conste, digo, que no es la única: por ahí anda Linda Brava, violinista nórdica extraordinaria y hermosísima, de pelaje dorado y no por el sol inclemente; Akiko Suwanai, incólume maestra del violín nacida en Japón y mujer delicada y fascinante, cuya mirada se pierde en los pentagramas de Beethoven; Chantal Juillet, violinista francesa que a su arco prodigioso suma una belleza conmovedora (¿la gente irá a sus conciertos por oírla tocar o por su belleza?); ¿cómo es posible?, ¿por qué Jesús reparte los dones tan indiscriminadamente? La consigna habría de ser: “A mujeres bellas cero talento”.

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Philip Glass —compositor de moda para muchos, cada vez más cotizado por su música para cine, pero igualmente interpretado en las salas de concierto de todo el mundo— habría causado la hilaridad de Mozart y seguramente el señor Wolfgang habría incursionado en el minimalismo… hasta que el aburrimiento lo matara. Porque vaya que si esta música es encantadora, si no se le escucha más de la cuenta. Como el mismo tema se repite reiteradamente hasta el hartazgo, llega un momento en que el oído se cansa y busca una salida. Aunque esa misma reiteración tiene algo de fascinante. Es como si Philip Glass hubiese dado con el modo musical de crear adicción. Quiere uno más y ahí está el punzón. Genial. Hasta que se oprime el stop, entonces el silencio sobreviene como un alivio. Y si no, escúchese Glass Works en CBS.

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Abomino de Glenn Gould, pianista excelso, altísimo, por el desprecio que siente por Mozart (aunque en la historia de la discografía, su grabación integral de las sonatas de Mozart figura entre las tres mejores del mundo). Ahora mismo escucho una composición magistral suya: So you want to write a fugue? Es genial, increíble. Creó esta obra a modo de homenaje a Bach, su non plus.

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abril 24, 2012

Waterboys: el material de los sueños

Por Sergio Monsalvo C.      

Las imágenes oníricas, místicas y esotéricas son parte del ser humano mismo y siempre es interesante descubrir con qué aspectos de éstas se identifica y cuáles proyecta en otras figuras. El significado de aquellas se hace claro solamente si se deja que esas imágenes entren en diálogo abierto con quien las ha percibido, dejándolas hablar y manifestarse como en la poesía, por ejemplo. Cuando los sueños o visiones alteran la realidad, como sucede la mayoría de las veces, el origen de las alteraciones está en la propia mente del receptor y éstas pueden decirnos a la larga muchas cosas sobre él.

“Un hombre inteligente y hábil –escribió el poeta W. B. Yeats– lee sus sueños en busca del conocimiento de sí”. Los sueños y las miradas hacia lo desconocido, pues, son una forma de despertar, una forma primaria de visión y de conciencia, en que el soñador se siente tocado o llamado por algún extraño lugar donde se le espera. El lugar del deseo donde lo esotérico predomina.

En este sitio se han ubicado los Waterboys a lo largo de su obra (de casi tres décadas) y ahora, especial y sintéticamente, con el disco An Appoinment with Mr. Yeats. En él podemos encontrar cabalística, mitología. poesía, renacimiento ontológico, simbolismo, el espíritu místico del bardo irlandés por excelencia y, en la misma correspondencia, un folk rock identitario y trascendental.

Con un objeto mágico de tal naturaleza y en busca de las palabras justas, es imprescindible pedir al escucha que abra suavemente los oídos, porque las piezas de estos escoceses tienen sus muchos momentos importantes y bellos, tanto en el uso de las palabras del poeta como en su búsqueda por capturar lo fugaz, el atisbo de nuevas vidas y sus cantos para proporcionarnos placer. Y lo hacen de una manera casi perfecta por la levedad de su contenido. Esa condenada levedad italocalvínica tan difícil de conseguir.

Mike Scott (líder indiscutible y master mind del conglomerado musical que abarca decenas de integrantes y dos etapas bien definidas como grupo: la que va de 1983 a una década posterior y la del año 2000 al presente) consigue cuadrar el círculo tras varios intentos a lo largo de los años: concretar en una sola obra la poesía de Yeats sobre la mitología celta y su folklore con la musicalidad del rock.

El sofisticado poeta y dramaturgo que fue W. B. Yeats (quien nació en Dublín en 1865 y falleció en Francia en 1939) fue el creador del llamado estilo celta crepuscular y sin duda el máximo representante del renacimiento de la literatura irlandesa moderna. Este escritor fue uno de los autores más destacados del siglo XX por esa labor, misma por la cual recibió el Premio Nobel de literatura en 1923.

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Yeats supo separar a la cultura irlandesa y llevarla lejos de los cartabones ingleses, tanto en la materia a tratar como en su manifestación (tras descubrir el hinduismo, la teosofía y el ocultismo y al interesarse por la magia y el espiritualismo, entre otros temas). Su poesía se fundamentó e inspiró básicamente en el panorama, las atmósferas, la mitología tradicional de su país y, de forma puntual, en las leyendas de origen celta, elementos a los que agregó una constante preocupación por la musicalidad del verso. Mike Scott y sus Waterboys, más artistas que nunca, logran con un disco ejemplar el tono romántico y melancólico que Yeats creía característico de aquellos seres míticos.

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